pointless.transducing

pointless transducing of (presumably | temporarily brief) facts :D

30 de noviembre de 2009

Tiendita

Subiendo la Prudencia una mujer vende dulces en la calle, pero siempre con el mismo rigor hace la corrección de que no es dulcera, sólo vende dulces. Transportes, gallineros, escolares y mujeres iguales regresando del mercado, de sus diligencias multicolor. La calle virginal la arropa.

La Prudencia, como muchas otras colonias con epónimas calles principales, es un mezquino incómodo en el hombro de la señora municipalidad, y envían acá menos reporteros y cámaras que a otros lados de la ciudad. Un hombre de edad y ceguera medias pasa diario frente a la mujer de los dulces, compra un dulce de coco. Sus dientes, medrosos desde niño, no le permiten otros lujos melíferos y él acepta su suerte como se acepta el mediodía nublado o la inflación. Acepta también a la mujer, que prodiga también otros tipos de correcciones, consejos y rumores. Si esos dulces fuesen ventanillas, la mujer sería un tren, él uno de los muchos árboles que la miran de reojo, en la velocidad siempre de reojo.

Pero hablan. Se dicen las mismas cosas los mismos días, pero ningún día es idéntico, y sería fácil suponer que hablan de diferentes cosas. Pero no: los mismos tópicos esenciales los eximen de vivir.

El hombre espera una hija que no está seguro de haber tenido. Sus rasgos largos evidencian que la busca detrás de los ojos, sus brazos cortos comprueban que una búsqueda callejera sería inútil. Sus ojos concluyen que el reconocimiento es imposible. Pero busca, con palabras, junto a la mujer de los dulces. Ella no busca nada, autosuficiente y fofa como los manatíes, pero escucha y escurre hablando.

La plataforma multicolor desde la que la mujer jamás despega, la encuadra juguetonamente y la sustrae de los asuntos del mundo. El coco, el caramelo, el mazapán: ¿qué gravedad es posible, rodeada de tanta azúcar? Por supuesto, esto no prescribe la seriedad, sólo la fatalidad.

Una mafia blanca de plumas alardea brevemente la posesión de una esquina, apenas unos metros cuadrados de luz que borra rapidamente un gato perseguido por un perro que, por sus efectos, es fácil saber que son negros; o que fueron negros. La mujer en la lavandería no despega sus ojos de la ventana percudida, pero no los ve.

La mujer de los dulces se mantiene alerta a una cleptomanía que parece siempre inminente en el aire, protege con su resuello y sus ventosas miles prestas. Infantes uniformes despuntan e irrumpen, van abriéndose paso a fuerza de rasguños de risa. La mujer de los dulces ríe, sin necesidad, por la pura inercia de estar varada en un maremoto de ternura. Una resortera sobresale la marabunta, un zapato vuela más allá, unos golpes leves sisean en el centro del tumulto: ¿qué otra cosa ser, sino el hombre que espera a que la hija hipotética regrese? ¿No es el mejor lugar para pescar el vientre del mar?

Pero nadie viene.

Pero nadie compra dulces.

Pero faltan dulces cuando la calle estornuda finalmente, y todo queda restaurado, ruinoso de falta de ruido.

La mujer recupera al hombre, el hombre la memoria, la ceguera permanece fija y oráculo. Cualquier mujer es su hija. Cualquier mano es la mano que roba el dulce, cualquier paladar el colmillo.

Si llegas a la Prudencia, si los ves, no le compres nada, no le preguntes. Es una pura suerte de traspaso que compartamos el espacio y las palabras.

25 de noviembre de 2009

Anclas de Azucar

Rindo este pequeño tributo a las causas perdidas. No perdidas por falta de ahinco, encono o queroseno: perdidas por definición, como por el designio a priori de que habían de poblar el lado menos iluminado del Mundo.

Pienso, y sé que pienso con ustedes, en la pérdida como la médula de muchos trueques diarios, como indispensable en cada fantasía íntima. Estarse a sabiendas que la quietud es desgaste, es pérdida.

Pareciera que soltar lastre es una forma positiva de pérdida, pero es falso; en el tumulto se confunden el zumo tibio de los besos, el prensil afán de las yemas que lo marabuntan todo, la prospectación como ejercicio paralelo al resuello. En el recuento de lo abandonado quedan también las aritméticas del deseo, que caen a la par de las geometrías del secreto y el odio.

Yo suelto ese lastre. Furtivo, arraigado en la simulación de ser yo mismo, desando largos pasajes de luces y piernas, me ejerzo abundancia de pupilas cleptomanas rodeado de muslos y ocultos dientes cariados. Veo la noche desprovista de tubos, incapaz de comunicar aquel órgano con este fuselaje, aquel labio con este beso, aquella ignominia con esta algarabía luminosa.

Yo declaro que suelto lo que no necesito. También queda mi nombre entre el bulto de cosas, el secreto nombre por el que Alguien logra total control sobre mí; quedan mi fémur, mi tibia mi yeyuno mi comida y mi cena. Queda mi reloj con la hora de Jupiter, mis chanclas de llanta y mi libido cangrejo.

Quedas tú.

A toda prisa bajo de la carreta y de la balsa y del avión, para desenredarte del entrevero de cosas. Forcejeo. Cae la falange por aquí, la mandíbula por allá: que frágil anatomía constituye la obsesión!

El laberinto en que yaces enroscada está hecho de luz, no de espacio. Te busco sabiéndome perdido. Te busco para dejar de saber que me pierdo: pelota que niños, sin querer, pierden en el dulce centro que resguarda al Minotauro.

El niño, jóven aún, entra y se mantiene siempre a la izquierda siempre. Cuando la recupere, el Cosmos ya habrá olvidado cómo se juega a la pelota.

24 de noviembre de 2009

Comezón

Me tomo todo un poco más a la ligera. Contrario a la intuición, esto no equivale a que vivo con menos seriedad o compromiso, sino más bien, que me contento con encontrar sólo el fondo, o el fondo detrás del fondo. En el núcleo último de cualquier cosa existe un espejo. Escarbar demasiado nos lleva siempre ante este espejo, pero no nos reconocemos en él, creemos tener ante nosotros un fondo cada vez más metafísico y, por tanto, 'real'. Pero no es así: nos tenemos de frente, con variaciones esenciales.

Cualquier dificultad, cualquier eureka, tiene más de panadero que come su propio pan, que de arqueologo demostrando Lemuria.

Encuentro en mi voracidad, no el tuétano de las cosas, sino mi avidez implacable, mis dentelladas, mi afán de no ser con tal de estar movimiento. Es diferente la apariencia que devuelve un muslo cruzado que un poema. Me encuentro regularmente más viejo cuando hago migas de pan, que cuando veo una película en la que abunda la luz. Tomar la taza caliente con cuidado, con mucho cuidado, por temor: saber que ese procesamiento adicional eres tú, tu cuerpo pensando el miedo, siendo el miedo.

¿Qué tiene que ver esto con tomarse todo más a la ligera? Pues, que si estoy en todas partes, que si en todas las aristas y encubrimientos y pliegues y reticencias broto, no tiene ningún caso buscarme en las costosas profundidades de algún rincón de la realidad. Puedo lograr lo mismo apenas rasgando la superficie de las cosas, encontrándome variado y surtidor en los calidoscopios sencillos de esperar (en) un café, viajar en el transporte, escuchar una conversación cercana, olvidar que no tengo reloj y levantar mi muñeca buscando la hora, desayunar solo, no desayunar solo, caminar y caminar reduciendo el espacio a una estría de tiempo. Encontrarme en los escarabajos, en el ambar que usan para hablar las cortezas, en la marialuisa de los cuadros feos, en la difunta justificación de dichos cuadros. Encontrarme bailando en el núcleo del puño de la odalisca que hierve sobre el acero vertical: abrigo de ramera, aromático higo negrura certera.

Por eso miro fijamente el fondo de este vaso con agua. Vaso de agua. Me divierte entrometerme, ser la interfase. El niño macaco que habita mi lengua chapotea. Mis yemas concretan la circunferencia. Soy un cono hueco y traslucido. Soy la sed.

Soy tenerte sed.


***

If I was inside of you, you'd call me SpitFire :D

19 de noviembre de 2009

Canción de las Simples Cosas ~ Mercedes Sosa

Minotaura

Uno de los mejores espejos que hay es la espera. Sobre ella nos proyectamos del mismo modo que en los sueños, con la diferencia quizás de la anarquía que nos subyuga al dormir. Muchos otros rasgos del sueño, sin embargo, suceden mientras espero: el temor multiforme, la multiplicidad de interpretaciones en algunos casos, en otros la total imposibilidad de interpretar, la paranoia, el inexplicable vertigo.

Especialmente si la espera va acompañada de incertidumbre, nos convertimos en inquisidores y condenados. La parte menos iluminada de nosotros, o quizá precisamente la que goza de mayor claridad, dirige la secuencia de penas, el conjunto y mejor utilización de cada dispositivo de castigo. ¿Por qué es tan difícil esperar en una pieza? ¿Por qué, si se espera la Vida, o esa única experiencia vital que es indistinguible de la Vida, debe centuplicarse la parafernalia infernal que llevamos dentro?

No lo sé. Apenas me reconozco en mi forma de esperar. Es parecido a esas primeras sonrisas que roba el enamoramiento, y en las que me sabía otro, en las que utilizaba músculos que, hasta entonces, no sabía que existían. El primer beso verdaderamente íntimo inaugura toda suerte de galerías y recintos dentro del cuerpo. Me atrevería incluso a suponer que amplía los ventrículos del corazón, pero de esto no puedo ofrecer evidencia convincente salvo, tal vez, la mía: el caudal de mi sangre arrecia cuando prefiguro alguno de los futuros felices en que puede desembocar la espera.

Mientras espero, pareciera que lo único importante es el futuro más deseable, sus contenidos; pero no es así. Importa saber esperar. Es primordial emerger en una pieza de esa abisalidad acechante. Aguardar con ganas de entender, con los brazos abiertos y los oídos limpios. Aguardar con la ansiedad incierta, pero felíz, con que se cazan estrellas fugaces en la noche negra. Es preciso regresar a tu vida a cada instante, porque tu corazón aún marcha, tus músculos aún crecen, tu lengua sigue llena de palabras. Me obligo a regresar. Me arranco de los nimbos y limbos y ácidas linfas del terreno de la espera, hago por volver, por estar sin ser traslucido. Te veo con todas las yemas de los dedos. ¿Has tocado alguna vez una taza de café, un lápiz, el caldo simple del aire, con la clarísima sensación de que alguien media entre tú y esas cosas? ¿Ha sido tal tu necesidad, que tocas una sola piel mientras parece que sigues en el mundo?

Pues, te anticipo que es difícil, incluso alienador. La contemplación felíz, en el cerebro, tiene mayor peso aun que la digestión, la respiración o los circuitos rojos que hacen posible esa claridad.

La espera amplifica los rasgos, los accidentes mínimos, las texturas de la mujer que esperas. Yo espero una mujer. Eso, eso me sucede.

Es sencillo suponer que la mujer que espero, existe, porque la he visto y sé su nombre y sé muchas cosas de su vida que no están en la periferia. Pero también es fácil saber que la mujer que espero no existe. Mi espera la ha convertido en una especie de químera que por un costado exuda miel y ácido por el otro. Mayor que la Gran Muralla, superior en geometrías y conocimiento de los astros a las pirámides mayas, incluso más profunda que el núcleo efervescente del mundo, si existiese tal como la entiende y construye mi esperarla, muy pocos sitios en el Cosmos podrían contenerla, y en aún más pocos podría acompañarla yo.

Esperarte me convierte en una aberración.
Esperarte te convierte en una aberración.

A la espera sólo sucede una ruina transparente, que parece dejarlo todo intacto y quieto, pero te comparto: es esterilidad.

El tiempo me rumia por dentro, sin hambre. Tu imagen alta me quema las alas cada vez que me acerco, y regreso al mundo, a mis cosas, por gravedad, por imposición. Luego me hace falta la luz, el ardor, y te busco nuevamente. Mi vida es un párrafo donde abundan las quemaduras de tercer grado. Me mueve la dignidad de saber que eres maravillosa. Me da firmeza saber que verte, que el menor atisbo tuyo, tiene más de vida que la vida misma.

16 de noviembre de 2009

Luciérnagas sobre la ropa

Estoy viviendo los callejones, los apagones esféricos balones negros que intermiten en esta calle cerrada. Toco. Toco mucho.

El tacto me impone una felicidad total, perfecta. Las manos me duran bien poco, y soy más pronto entendimiento que laxitud gozosa. Vivo en los callejones estrechos, iluminados a capricho del capricho, cubistas.

Mi felicidad sucede en el intersticio de dos muslos, cruzados. El secuestro del fenómeno, el arrobar inexorable de la visión, del olfato hinchado sobre la nuca, donde crece el delta ralo de cabellos que son más piel que excrecencia.

Mi felicidad sucede en el intersticio de dos muslos.

La relevancia ninguna de esto viene al caso de que hoy se puede, aun se debe, ser feliz por cualquier cosa, en cualquier caso. Elongar dedos callejones y ser el felíz testigo de los subitos ejes del mundo. Andar a tientas, convirtiendo en tacto la intuición, concediendo a la ausencia la anulación de los sentidos.

Cuando la odalisca baja la guardia, la ninfa percute la costra artificial de la música nocturna y brota. Ríe.

La ninfa es risa. El oído contiguo queda desmembrado y jugoso: jocundo. El labio sólo sabe buscar las comisuras, las interfases, los limbos naturales que produce el cuerpo: ¿quién podría desmentir que lo indecible de este Universo queda hecho síntesis en tu cuello?

La ninfa no danza porque toda coreografía sucede en el tiempo. La risa articula la parte más iluminada del devenir, y ella es el manantial de estarse olvidando de todo a cada rato, de desvivir los roces sublimes para entonces hacer posible su reconstrucción, su renacimiento.

La ninfa es toda risa. Todas las risas, la enumeración irracional, infesta, inútil, el catálogo total de los exhaustivos catálogos de las indagaciones, las tentativas, las interpolaciones y los simulacros de reírse. Por eso, si ninfa, su caudal no es detiene. Por eso, si odalisca, el mármol, el impasible bronce de sólo ser agradable: ser para otros.

Una noche distinta como anoche supe de las coyunturas, las estructuras secretas que mantienen cada mandíbula en su sitio y cada tornillo habilitando cada combustión: conocí la textura de su nuca, de sus rodillas, sus codos, sus espasmos, su tórax que hilvana el aire y la sangre. El mundo en realidad es un logro del más laborioso equilibrismo de una pila, la pila, de elefantes y tortugas y la suerte, único animal que escapa a cualquier taxonomía.

Ya casi amanece.

Las luciérnagas materializan brevemente las texturas del callejón. El mundo tiene como eje mis pies. Soy un Sol de atención para tí. Masticamos juntos una fruta cuya madurez ha roto el suelo: sonreímos bajo el influjo de aquella azúcar que sólo la vejez silvestre produce. Reservamos el fruto de los dedos trenzados, transidos de afanes, para otro lugar, para un sitio más felíz.

La ninfa es toda risa. Llegado el momento, me pide que me largue.
Me voy, labios punzantes, paladar infestado de todo eso que sería inútil decirle a la ninfa, que sólo puede hacérsele.

11 de noviembre de 2009

Sin palabras.


Videos tu.tv

10 de noviembre de 2009

Aquí como todos los días.

Entre llamas, anima sola rodeada de legumbres y hervores, relojes interiores y externos: anacronía del pollo desnudo, eternidad del instante en el que vive el tomate, la cacerola y la tortilla.

Los ojos de vidrio, que huyen del calor, se proyectan lejos, buscando nada. El protege a la sopa de tus ideas y tus cabellos. Hormiga sola, labor policromática silenciosa mano que orquesta mutila escurre criba profana obstruye destruye la lengua la clara la yema de estar mirando fijamente un tiempo que hierve. Jamás abandonar el trance.

Llegas a casa, buscas el espejo. Te despojas de la gorra. Distraída, te miras. Eres una acumulación de aromas, procedimientos y risas. Suelto por fin tu cabello, eres libre.

Tus ojos buscando tus ojos dicen que estas sola.

Tus manos devuelven el brillo al alma de los hombres.

6 de noviembre de 2009

Candy

Bebo el dulce té color pastel en la esquina. La puerta es un gran caramelo de dos colores, que pintaron de color puerta para que nadie lo coma. Pero yo sé la verdad. Y también sé que las mesas bajitas son para que me sienta niño yo, y la mujer del otro lado de la estancia, que está triste y que no encuentra nada en el fondo de su taza. Pero busca.

Mi té esta hecho de una mezcla de hierbas que se quedan en el fondo y que, calientes y gastadas, se ven negras. Mi té es negro, pero sabe a limón. La limonada en cambio, todos sabemos, sabe azul verdoso, casi neón. Pero no digo nada de mi té, porque la cercanía de la puerta de porcelana dulce me estimula. Repaso cien veces en mi cabeza una mordida a su parte más escondida, pero no me atrevo. Y no lo hago.

Un día llevé mi reloj con Pedro, un relojero viejo que saluda con plastilina en las manos. Le quitó el minutero a mi reloj. Ahora siento que mi día dura más y la noche también dura más, porque soy viejo. Ya soy un viejo como Pedro.

A veces me llegan arrepentimientos muy claros, pero he olvidado por qué los sentía, y todo es más bien un cúmulo de angustia y remordimiento, hechos bolita en un rincón, incómodos e imposibles de persuadir. La mujer del fondo me confunde con su taza de té, y me mira. No sé cómo explicarle que tampoco tengo algo para decirle.

Mis grandes ojos de caricatura saltan como gatos el vidrio de la ventana. Sin olvidar la puerta, me acerco con miedo a un perro de chocolate que anda como cangrejo en la banqueta, solo. Huelo el té desde afuera, desde mi miedo gatuno del otro lado de la ventana.

La mujer del rincón camina hacia mí. Debe pensar que tambien soy un perro, o una bola de miel y hormigas muertas. Quisiera levantarme, pero sigo afuera, paralizado junto al perro en la banqueta. No sé qué hacer, qué decir; lo único que sé con toda certeza es que no soy su taza de té. Y también sé que no tengo nada que decirle a nadie.

4 de noviembre de 2009

Derealization

Trepar al borde, deletrearlo. Vibrar cimbrante con la estructura movediza. Mirar que la brújula gira sangre. No soy yo. El magnetismo que orquesta todo esto hadrón tigre sexo centrifuga la estrella polar licuefacción esguince del aliento cósmico.

Nadar el agua negra de la ausencia. Coloidal moverse de la pierna que planea el paso sin arriesgarlo ni entenderle, que automatiza la traslación y la sensación de la firmeza: manufactura convencional de la certidumbre: el semáforo, el método del ritmo, el elemento activo, el caos que centrifica cada cono muslar de carne. La carne es el oro permanente, el diamante coaguloide.

Mi yema índice indica despostilla la piel submárina de un estanque que me envuelve. Mi pupila registra la reverberación como si frente a mí se desplegase la total armonía cósmica. Yema que inocula intermitentes cimas y valles, sinusoidalidad que se imprime sobre la tensión superficial, que perturbándola la encarna y que fracturándola romamente la membrana separación de dominios, de estrellas y monstruos abisales.

Pies hipotéticos sobre la negrura, neblina de estar pensando en unas piernas que no puedo ver, de que el constructo es más bello, menos perecedero. Neblina de estar siendo esto que aritmetiza debajo del estanque de estar siendo. Asíntotas coherencias intermitentes. ¿Luego a dónde, si la brújula hemorragia? A las densidades más nobles, los árboles que van bifurcando diáfanamente el aire y son resuello. A la claridad sensual de pendular y volverse nido de verdades huecas y mentiras preñadas de ejércitos. Huir a las firmes grutas que resguardan brujas y magia. Fugitivo que fotón sucumbe a la singularidad. Hocico agudo que escruta un sexo.

¿Huir para qué? Plantarse, torre telequinesis trance remoto manipular elementales, sonar las insomnes campanas en las llanuras océanicas, escupir como sonido esa condensación secreta que viene de debajo de la luz, que viene antes.

Estoy de pie, permanezco. El horizonte está sembrado del ruido blanco del enemigo: Sol que camufla huestes de rumores y pupilas, astro que enciende la posibilidad de encender por dentro. De pie pira íntima tartamudeo de estar siendo lo que pienso, incapaz de pensar lo que soy.

Laja que peina el estanque nocturno de estar fluyendo.

de antes

sobre mí

Jehu Hdez
Tijuana, Baja California, Mexico
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