Tiendita
Subiendo la Prudencia una mujer vende dulces en la calle, pero siempre con el mismo rigor hace la corrección de que no es dulcera, sólo vende dulces. Transportes, gallineros, escolares y mujeres iguales regresando del mercado, de sus diligencias multicolor. La calle virginal la arropa.
La Prudencia, como muchas otras colonias con epónimas calles principales, es un mezquino incómodo en el hombro de la señora municipalidad, y envían acá menos reporteros y cámaras que a otros lados de la ciudad. Un hombre de edad y ceguera medias pasa diario frente a la mujer de los dulces, compra un dulce de coco. Sus dientes, medrosos desde niño, no le permiten otros lujos melíferos y él acepta su suerte como se acepta el mediodía nublado o la inflación. Acepta también a la mujer, que prodiga también otros tipos de correcciones, consejos y rumores. Si esos dulces fuesen ventanillas, la mujer sería un tren, él uno de los muchos árboles que la miran de reojo, en la velocidad siempre de reojo.
Pero hablan. Se dicen las mismas cosas los mismos días, pero ningún día es idéntico, y sería fácil suponer que hablan de diferentes cosas. Pero no: los mismos tópicos esenciales los eximen de vivir.
El hombre espera una hija que no está seguro de haber tenido. Sus rasgos largos evidencian que la busca detrás de los ojos, sus brazos cortos comprueban que una búsqueda callejera sería inútil. Sus ojos concluyen que el reconocimiento es imposible. Pero busca, con palabras, junto a la mujer de los dulces. Ella no busca nada, autosuficiente y fofa como los manatíes, pero escucha y escurre hablando.
La plataforma multicolor desde la que la mujer jamás despega, la encuadra juguetonamente y la sustrae de los asuntos del mundo. El coco, el caramelo, el mazapán: ¿qué gravedad es posible, rodeada de tanta azúcar? Por supuesto, esto no prescribe la seriedad, sólo la fatalidad.
Una mafia blanca de plumas alardea brevemente la posesión de una esquina, apenas unos metros cuadrados de luz que borra rapidamente un gato perseguido por un perro que, por sus efectos, es fácil saber que son negros; o que fueron negros. La mujer en la lavandería no despega sus ojos de la ventana percudida, pero no los ve.
La mujer de los dulces se mantiene alerta a una cleptomanía que parece siempre inminente en el aire, protege con su resuello y sus ventosas miles prestas. Infantes uniformes despuntan e irrumpen, van abriéndose paso a fuerza de rasguños de risa. La mujer de los dulces ríe, sin necesidad, por la pura inercia de estar varada en un maremoto de ternura. Una resortera sobresale la marabunta, un zapato vuela más allá, unos golpes leves sisean en el centro del tumulto: ¿qué otra cosa ser, sino el hombre que espera a que la hija hipotética regrese? ¿No es el mejor lugar para pescar el vientre del mar?
Pero nadie viene.
Pero nadie compra dulces.
Pero faltan dulces cuando la calle estornuda finalmente, y todo queda restaurado, ruinoso de falta de ruido.
La mujer recupera al hombre, el hombre la memoria, la ceguera permanece fija y oráculo. Cualquier mujer es su hija. Cualquier mano es la mano que roba el dulce, cualquier paladar el colmillo.
Si llegas a la Prudencia, si los ves, no le compres nada, no le preguntes. Es una pura suerte de traspaso que compartamos el espacio y las palabras.

