pointless transducing of (presumably | temporarily brief) facts :D

26 de julio de 2011

russian dolls

Entre los muchos libros que debo mover, a raíz de la mudanza, re-encontré un libro de alguien con apellido ruso, que recoge frases sueltas dichas por Borges alguna vez. El Palabrista es el título.

Al abrirlo, recuerdo que las letras son grandes, que la letra escogida continua y solidifica su airecillo casual. Palabras quietecitas, untadas unas contra otras en el olvido que viene de la pereza y las horas hábiles. Unas contra otras, vibrando en silencio.

Esas palabras le dieron un poco de inmortalidad a su autor, apenas la extensión de las memorias de las muchas generaciones que irán desdibujando su concreto para favorecer su abstracto. ¿Con qué pretexto me alojarán las generaciones futuras en la cabeza? Tal vez hice mal en pluralizar:¿por qué habrían de recordarme mis hijos?

¿Precisamente por qué espero ese apego? Ese es el más caro, por duradero: el de que alguien te lleve consigo y te hable, le hable a las cosas de su vida con tus palabras, con algún ademán suelto tuyo que el azar haya colocado entre tus carencias y tus fetiches.

Me decepciona que esta pregunta se me escabulla para protegerme.
Entre esa modesta audiencia que me constituye, y que soy yo mismo mirándome desde las butacas, hay alguno que sospecha que la obra se pondrá bien, que la espera valdrá la pena. El resto de la gente sólo parece querer exprimirle hasta el último centavo a su inversión que, según los primeros minutos indican, ha sido mala.

No quiero contestar la pregunta.
No quiero saber quién, de entre el gentío, confía en mí.
La buena fe no es algo que pueda promediarse, como kilos de frijol o grados centígrados; es más bien un amplísimo vitral en el que brota una sola fractura y que, por su virtud de cuchilla vacía, destruirá el muro completo de colores.

Nadie me recuerda.
No soy la nostalgia de nadie.
No estoy entreverado sin remedio al futuro de alguien.

Las palabras de Borges, de Wilde, de Beckett, de Pita Amor... la masmédula de Girondo, retorciéndose todas en mis ventrículos... y yo, sin anclas, y yo sin permanencias obligadas y dulces, sin alguien que me reciba en el aeropuerto de los sueños lúcidos o los secretos miedos.

Era sólo el afán de ser importante para alguien.
Un afán simple, una especie de atestiguar ante el Gran Jurado de la Ignominia que el acusado efectivamente estuvo donde dice que estuvo; que tiene una coartada viable; que de seguro dice la verdad porque ha hecho el Gran Juramento cuando fue escupido de la placenta.

Pero el Juez es sordo, la Defensa es muda y el Jurado es un hacinamiento de retazos tibios en el piso. La gran cúpula del recinto es un espejo cóncavo, pero no alcanzo a ver la monstruosidad de lo íntimo de mi vida: sólo logro intuirlo porque sé lo que hacen esos espejos con los rostros.

Yo no vibro en la aorta de nadie.
Ningún caudal me encuentra y rodea y celebra con su erosión.
Sólo sé ser esta biblioteca de Babel que, a falta de abecedario, permuta interminablemente cajas y cajas y cajas dentro de cajas, en un frenesí recursivo y úteral que se distiende al enterrarse en el vientre una pregunta: ¿qué es eso que guardo con tanto afán?

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