pointless transducing of (presumably | temporarily brief) facts :D

13 de septiembre de 2011

Clockwork

Ir todos los días a la máquina de café, tiene mucho de marchar entre soldaditos de plomo. Equipados con mezclillas y camisas de manga larga, remangadas (¿ese adjetivo existe?), marchamos y nos sonreímos, como poseídos por un espíritu de pasarela o de trinchera.

El tercer piso nos permite ver a las estudiantas y a las maestras (¿acaso existe alguien más?), y sonrojarnos, o sonrojar, de vez en cuando. Además de ingenieros, buitres, halcones o simplemente periscopios.

La cafetera hace las veces de punto de congregación para esos Armagedones espontáneos y clase-medieros en que nos encanta sumergirnos. Me incluyo, por supuesto; aunque generalmente no aguanto mucho, y me voy. Se necesita cierta vocación para estar tanto tiempo de pie, buscando centenarios entre montoncitos de piedra.

Tiemblo ante la noticia de que pronto perderemos esta vista (el Pacífico, desde el cuarto piso, es una terapia maravillosa). Tiemblo, y me siento triste; me lleno de una nostalgia de inmensidad que, aun si jamás mía, pierdo; me pierdo, perdiéndola.

Nos reímos mucho, entre problema y problema. No todas las risas son audibles, o visibles siquiera. Es increíble que nos paguen por hacer esto que, bien visto, es poco y hasta un tanto intrascendente. Sé que alguna erosión empieza a obrar en mí, porque me preocupa la trascendencia de los actos, pero sin la imposición de la grandeza o la exigencia de que me conserve la posteridad. Me preocupa lo que hay del otro lado del puente.

La recepcionista me hace pensar en Caronte, porque le sonríe a cada empleado, cada mañana, y la moneda corriente es la sonrisa correspondida. Pero nosotros entramos al limbo. Si cierro los ojos un minuto, dos, y me abandono a mi vida interior, siempre al abrirlos tengo la sensación de estar sumergido en líquido intersticial, entre membranas celulares o entre los dientes de un cocodrilo asqueroso: aire entre engranajes de un artificio espacial.

Me duele el tiempo. Me duelen mis manos que supuran tiempo, mis muslos que palpitan transcurso, mi cuerpo entero, esclavo de la fricción. Aunque así parezca, no confieso ningún crímen; me repito, solo frente al espejo, mi vocación, ignoro si para no olvidarla, o para convencerme de que la nada de segundos atrás no era mía, no era yo.

Como ya dije, me preocupa el trasfondo, los bullicios secretos que hay detrás del telón. Ya no me preocupan los actores, los diálogos, ni la escenografía; incluso he renunciado al deporte favorito de ceñir a las actrices sus vestidos victorianos, hasta purificarlas (operación que sirve, también, para hacer puré ;)). Ahora pienso en la maquinaria, sus cadencias, sus depreciaciones anónimas y su felicidad de cosa que es fiel a sí misma, hasta la muerte. Quizás por eso me encanta mi ventilador, su rumor de insecto vigía que aleja por igual íncubos (los súcubos son bienvenidos) y deudas (ojalá sólo fuese dinero). Tengo un Ángel de la Guarda WindCurve de 3 velocidades y temporizador para sueño *Y* ionizador de aire. Claro que el ionizador lo enciendo con algo de recelo, porque fuera de la ventana, a veces, hay cucarachas, y sólo Dios sabe qué sucede si ionizas tufo de bichos con patas peludas y panzas obscenas.

Los relojes en mi casa marcan siempre horas distintas, nunca más de 20 minutos de error. Me gusta pensar que mi prisa se cansa cuando tiene que promediarlos, y descanso. Pero siempre estoy descansando :D

Mi alma está tranquila, porque lleva la fiesta en paz con mis deseos, y porque hace mucho tiempo clausuramos la Oficina General de Asuntos Morales y Aguas Negras (era más económico que fueran contiguas). Ya toda la gente de esa oficina se retiró, alegando que extrañan las bondades del Porfiriato.

He venido a dar testimonio de las minucias de mi vida porque hoy, precisamente hoy, me parece que vivir es el entreverado vertiginoso de los accidentes, la calma volcánica de las superficies y la electricidad que viene de sus roces con las cosas vivas. Sin querer hablo del contacto de mi ropa con mis pantorrillas; del volúmen que exige de mi mano el picaporte de mi casa; de los ondulares coralinos de mis pestañas frente a mi ventilador; de la fría precisión de mi espejo, que sólo habla conmigo cuando quiero escuchar la verdad.

Regreso al Pacífico.
Un barco atunero (¿me creen que es atunero?) no sabe qué hacer en la bahía. Supongo que busca su Manual de Usuario. Imagino todos esos atunes debajo del barco, burlándose, murmurándose: pobre pescador
Y esa algarabía de cosa submarina viaja hasta mi como bálsamo, se me unta en la cara. Río, mucho y sin sonido, río mientras corro a la playa... risa de burbujas perdiéndome en la profundidad.

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