Es fácil pensar que ciertas cosas (eventos, ideas, personas) nos cambiarán la vida, es fácil para mí.
Cada vez con más frecuencia, ver hacia afuera es ver hacia adentro. Si hago el ejercicio sencillo de disminuir el parámetro de la Otredad, si deslavo o suspendo las barandas que separan a las cosas de las cosas, veo un espejo distinto, una suerte de transductor que, en el mundo visible, me da evidencias claras de un mundo interior en conflicto.
No es un conflicto existencial, claro: es la sana turbulencia submarina que permite a un estanque criar peces y mantenerse claro: la reverberación de su contacto con la vida.
Cierta ingenuidad mía esta untándose sobre los objetos, coloreando los eventos de formas que los despliegan y repliegan en sombras absolutas y blancos absolutos. Pero yo hago de todo por exfoliar los angulos y exprimirle el tecnicolor a lo tangible. Soy ingenuo. La renuencia, las reticencias, los tedios y los lugares comunes siguen haciendo mella sobre mi, menguados trajines del viejo que persigue a la doncella en la deshabitada inmensidad.
Me preocupa el accidente, porque sé que es una médula. Me preocupan las coincidencias fortuitas tanto como las de difícil intelección, porque insinuan ciertas sincronías interiores que ignoro, cierta perfección que me pertenece sin darme felicidad.
Me preocupan tus ojos, que son verdes y son negros; tu silencio. Me obligas a repasar mis libros de anatomía, porque tu sistema oseo es fascinante.
Es difícil hablar del absurdo, del de todos los días, sin sonrojarse un poco al admitir que mis tejidos van engarzados en su médula, y los tuyos, y los de la fatalidad.
Todos los días saco una pierna de la cama, a tientas buscando la cascada invernal que tengo conectada a la pared. Creo en el progreso. Rasurándome, creo en el progreso, en las flechitas luminosas que apuntan al final del túnel. Me pongo los calcetines pensando en el rompecabezas de las horas, en la memoria eidética de mis manos que te ejercen, en la voracidad de la luz que cancelo con el muro de plumas que cubre mi ventana. Creo en ir a algún lado, en estarse moviendo siempre.
El Pacífico ya no es bullicio ni bostezos de huracán: es la mano fofa y voraz que me peina los pulmones y los boulevares, la ventrificación de la asfixia.
Pero es buen amigo de las 6 en adelante, pueril y negro.
Estoy tocando tus vertebras de mármol.
¿Acaso soy ingenuo aún?
Hay una escena del Hombre Elefante en la que él corre, perseguido de la gente normal y, hacinado en un rincón, inerte en el fervor de las pupilas, afirma con urgencia "I'm a human being." Hay un cierto deja-vu en esa escena, cierta insistencia histriónica suya que se entrevera con las cosas de mi vida, en casi todo lo que hago. Me estoy viendo, me persigo, me intriga que hay bajo la manta sepia, que globo me espía desde ese único agujero en la cabeza de algodón. Me veo y les grito que soy yo. Luego, a la manera de Zhuang Zhou y su mariposa, quedo prendido del círculo que me lleva de ser el que se grita Humano, a ser el que lincha con la pregunta silenciosa del morbo, a ser el que piensa en la escena, a ser el que vive la escena y piensa en un alguien que imagina la escena para escapar de la curiosidad rabiosa de la muchedumbre. Escher y Maturana lo ilustran mejor.
La hamaca es un vientre mecánico impelido por los vientos solares y la enredadera florecida que me guarece del Cosmos. Me arropa una madre que no conozco.
Inmensidad como un progreso ciego del vacío, como un puro ocio de nebulosas y sueños recursivos que dilatantes se estorban en el espacio.
Estoy tocando tus manos.
Sólo sé ser tus ojos, medusa, sólo de tu danza el encanto.
pointless transducing of (presumably | temporarily brief) facts :D
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7 de septiembre de 2011
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