pointless transducing of (presumably | temporarily brief) facts :D

9 de septiembre de 2011

Hoy por la mañana, durante mi corte de cabello, confesé que jamás he sabido cómo peinarme. Tampoco distingo muy bien los cortes de cabello. Incluso ver a otros con cortes de cabello peculiares, me merece cierta ternura. Ignoro por qué. Supongo que hay ciertos tipos de uniformidad que le agradezco a la realidad.

Ambas mujeres hablaban de la fiesta que hubo ayer en todos lados, por el apagón. La electricidad se interrumpió alrededor de ocho horas, dos o tres de ellas, hábiles. Una de ellas dijo que era como Año Nuevo en las calles, por las fogatas, el griterío, la pirotecnia y las tertulias improvisadas con los vecinos.

Ambas repasaban la situación, especulando los motivos de la interrupción. Ambas reían mucho, recordando las cosas nuevas que esa ausencia les permitió hacer. Ocho horas sin electricidad y el mundo, de algún modo, rápidamente vuelve a las manifestaciones más simples de la vida, a la entropía dulce de lo vivido en complicidades y sin complicaciones.

Sonreí cada cierto tiempo, escuchando. Hablaban muy rapido, queriendo agotar lo inagotable. Le dije que quería el corte cuadrado de atrás, pero no muy alto, porque luego la gente ve cómo mis pensamientos van naciendo en la base de mi nuca; pensamientos y deseos. Se rió, pero no conmigo ni de mí, sino de algo que dijo la mujer del mostrador, más cercana a los dodos oxigenados que a los sapiens.

Era tan entretenido el intercambio, que dejé de ver los avances de la tijera sobre mi cabeza, y he quedado como un limón ennegrecido, y con tupé. jejeje

Imagínate, yo con tupé :P

Fueron 50 pesos, y dejé de propina 20, por la sesión recreativa y el masaje retro a mi imaginación. Hay ciertas nostalgias que sólo tienen cabida en mi cuerpo cuando vienen de fuera, con buenas credenciales y empapeladas de imprevisto.

De regreso a la oficina, pensaba en el tupé que la mujer de las tijeras tenía, y que de algún modo, logró imprimir en mi cabeza también. Por supuesto, no es un tupé a là Dita Von Teese o Betty Page-ish, no; es más bien, a la Pedro Infante (en Tizoc :P) jejeje.

La memoria, sobada y masajeada así, se me vuelve una brújula sedienta de ficciones, cajoncitos de buró de la abuela que guarda una peineta simple de porcelana y un frasco grande de botones y una cajita de música con una alta figura espigada que ya no sabe girar.
Voy sobreponiendo a la textura del mundo, esta narrativa del destierro de los buenos días que no viví, y que quizá ni siquiera conocieron mis padres, en los que el tren oscurecía el cielo y el silencio, las llanuras no estaban tupidas de hipotecas y los bosques aún tenían ese airecillo de jungla encriptada y secreta. Días de la radio como compás de las veladas, de los rompecabezas de madera, de los tangramas y las enésimas iteraciones de la misma historia abuela, dicha siempre con alguna variación impuesta por el tiempo.

No me convence el tupé.
Si fuera un poco más valiente, sencillamente lo cortaría de tajo, ampliando la frente y agrandando los ojos. Si fuera un poco más valiente, hasta me habría cortado yo mismo el cabello (mi corte duró menos de 10 minutos).

Si fuera un poco más valiente... seguro estaría en otros zapatos, frente a otro océano, con el corazón más brioso y cercano a la muerte.

Me sé humilde al ver cuánto más potente es una ficción que un recuerdo. No celebro los lugares en ruinas, no guardo fotografías de mi infancia, no soy una criatura que acuda al pasado como las ballenas acuden a la superficie para no morir.

Jamás he tenido un album fotográfico.

Pero esta pequeña historia que me ha regalado la fatalidad, tiene más peso, acaso más capacidad para instalarse en mis poros y la comisura de mis labios, que cualquiera de las memorias más al alcance de mi mano.

En el espejo retrovisor veo mi tupé, y me pregunto si 20 pesos de propina alcanzan a pagar todo esto, toda esta mañana brotada de tibias mitologías.

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