Ni por sobrevivirme en las palabras
Alguien en la oficina acusa al 15 de Septiembre de carecer de luz. También asegura que, hace precisamente un año, el Verano (¿seguimos en Verano?) llenó la calle de minifaldas. Yo no lo recuerdo, nada del año pasado. Seguro recordaría una calle llena de minifaldas; pero no.
En realidad, no recuerdo el mes pasado.
He convertido en un deporte la amnesia, aunque no es arbitraria: sólo subo al tapanco lo que me estorba, sea porque me duele o porque simplemente ocupa espacio.
No estoy acostumbrado a los ataques, no los busco, y no frecuento a la gente que siente que tiene algo que demostrar. Sólo en contextos específicos acepto la posibilidad, la necesidad incluso, de tener que demostrar algo (el trabajo, los conflictos conyugales, etc). La convivencia común y corriente no requiere dichos despliegues de ocio. Pero hay situaciones que parecen descansar enteramente en que eso suceda: el smalltalk es un entablado, para muchos, y sus pobres coreografías se improvisan un foro inconforme y un par de spots fundidos.
¿Cuándo fue la última vez que te descubriste, tratando de probarle algo de tí mismo a los demás?
Te empobreció hacerlo.
Voy enfriando mis animos en la aridez de mi razón. Pienso mejor, más frío; pensar es vaciar de napalm al dragón, descubrir que las Meninas eran todas paralíticas.
Cuando pienso en los deseos, los contenidos pierden cuerpo, relevancia: es imperativo hacer de lado la razón, para que el deseo tenga su propia consistencia y firmeza. En la quietud, lejos del golpeteo de los caballos y las prisas planetarias, me voy exfoliando de esas fantasías felices, de las fricciones afortunadas, de los arrebatos in vitro; quedo yo, desnudo frente al espejo, un poco más viejo, bambus machucados y gruesos, capiteles que parecen milenarios. Pero no soy el Parthenon ni la catedral de Notre Dame: soy una choza de piedra, que guarece un cáliz cuyo brebaje es combustible suficiente para dar incontables eones más a la galaxia. Pero sigo siendo yo, solo, frente al espejo.
Si tuviera radio, diría que será memorable la canción que sonaba cuando descubrí esto; pero no, afuera había el sacudirse modorro de la ciudad que despierta, el mudo rasguño de las cucarachas que temen a la luz, el hombre sospechoso que vende flores en la esquina (narcoleptico, según he visto). Nada que hiciera las veces de profecía o promesa.
Michelena dijo que no escribía "por sobrevivirme en las palabras". Hace rato, hablando de ataques, pienso en mis formas de supervivencia, las de fondo. Me parece que hago eso con palabras; el alimento duradero, el registro fiel, el bunker impenetrable, sigue siendo lo dicho hace tiempo, conforme el pasado me fue fijando al volverme irreversible. El único archivo que existe de esa historia, es lo que dije, lo que puedo decir hoy. Ambas, por supuesto, son también mentiras, pero vecinas o parientes en primer grado de la (¿existió?) verdad.
Palabras veneno, oficio de arrancar corazones con las manos.
¿Dónde se separa la saliva del ácido sulfúrico? ¿En el pizarrón? ¿En la cajita de Petri? ¿En la piel?
Caudal inmundo de cosas dichas, caudal inevitable.
Ambulante desborde vago, de sílabas, de imprecisiones convenientes, mar de astillas de magma, mar blanco de la desolación de estar siendo un fantasma, soy.
Pero héme aquí, héte aquí.
"Vamos a conocernos rápidamente y a fornica y a olvidarnos".
Sabines también decía que tenemos miedo de saber demasiado.
Por eso vivo en el silencio, en el silencio más impenetrable que existe: el de vivir hablando.

1 cosas que han dicho:
Jajajaja. No sé por qué, qué más da. Pero el final de tu texto me arrancó (un poquito de corazón, seguro) pero también una sonrisa.
Vine porque pensé "cuerdo recuerdo", y últimamente hablas mucho por aquí de amnesias.
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