Panoptico
Hace rato rolábamos un libro de poesía, Espantapájaros. Veo que la poesía tiene muchos usos; claro que ninguno de ellos contribuye al PIB.
Esta mañana abundaba en flores carnosas, y me dediqué a recolectar polén remoto. Sé por qué prefiero este cilicio telescópico, este ejercicio de arrobar a los ojos con afanes e invasiones furtivas.
El anonimato es el primer arte que domina la obsesión. Aprendes a ser una sombra, las cacofonías geométricas y negras de una silueta que danza, que persigue que escruta abalanza voraz estruendo magneto embudo vórtice encono: hambre, la claridad perfecta y magmal de la ausencia inquieta.
Así que subo las escaleras agotando el periscopio de mis afanes, que gira 360 grados y que se posa en ciertas superficies como se posan las aguilas sobre las liebres.
Pero sólo son ojos, y las liebres no están huyendo; ni siquiera tienen miedo.
La poesía también sirve para esconderse, para que las acrobacias sonoras tomen la consistencia de un tren minero y se vuelvan credencial y nombre a qué responder: poeta. Poesía libertad, sí, poesía alas, sí, poema nudo de claridades en la estratosfera.
Poema ciclón.
Voy apretando, una contra otra, canicas en mis manos, a cada escalón; una contra otra, las esferas describen un círculo de colores que no existen, porque el bolsillo está oscuro. Voy sopesando las extensiones posibles de mi Imperio de cálculos, y calculo que ella es así, y aquella es asá. Mi aritmética tiene toda la precisión de una ballena haciendo cirugía a corazón abierto.
No sé simplemente desear, el cuerpo de mis obsesiones es quimérico, nutrido de disímiles, incapaz de las continuidades más básicas, del decoro más esencial. Quien me llama voluble, usa una raíz de ahuehuete para sacarme una bala del hígado.
Mi vocación de castor y de tubería de brea, me impide la extravagancia de querer lucidez, en lo que toca a mis deseos. Sólo sé ir hacia adelante, poseso, alineado por la costra de la indiferencia selectiva, asintótico desprecio del equilibrio vital.
Apenas he subido un escalón, y ya me duele el cuello. Las vértebras aledañas resienten también esta indecisión que mi corazón aplaude, y mis ojos.
El Sol de las 10:30 (qué tarde vengo al trabajo) tiene sus propios mapas y predaciones, nos da la espalda; su indiferencia quema.
Me cuesta trabajo la claridad cuando siento; camino a mi escritorio, sólo sentiré. De nada sirve pensar cuando se trata de trabajo: apenas es necesario sacar el ábaco de la mochila, el garrote a veces, el diccionario cada dos lustros, y el artesano orgullo... casi nunca.

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