Estornudo
Mientras espero, las chimeneas y sus músicas discretas se quedan quietecitas buscando altura. La azotea me permite ver los secretos que guarda cada techo de cada casa, siempre fuera de vista, ocultos en la inaccesible claridad.
No hace mucho, yo conocía la flauta, sitio familiar para mis manos y mis ojos. Sabía de su música como sabe el navegante de las sirenas. Siempre pude determinar la consistencia de mi alma por los caudales que me brotaban de las manos, a través de su boquita niña y su fibroso cuerpo. A veces, tan claro me parecía todo tocándola, podía decir la hora exacta, tocando.
Los únicos secretos de entonces eran los pliegues y despliegues que se me iban entregando en cada nota. Luego vino la inundación, los días largos sin visitas, las incoloras tormentas eléctricas de la nostalgia. Perdí algunos de mis dedos, los grumos melódicos que siempre lograban sacarme del bosque.
Te perdí a tí.
Si te soy sincero, ya no sé cómo te perdí. Es una pérdida sin detalles, una polaroid distraída. Quisiera pensar que la pérdida es como el sistema óseo, como los cardúmenes de peces o las recetas, que son historias incompletas.
Me veo las manos, y encuentro que las encontrabas también tú, les tarareabas cosas, canciones creo, o tal vez agravios. Yo era una dócil piedra de río, lisa y planita para que pudiese arroparme la puntería de tu capricho.
Hay música en la calle, que parece hablar de tí. Desde esta altura, todos los vientres son indistinguibles, todos los orgasmos constituyen un gran estornudo intermitente al que yo respondo, resignado con una felicidad gremial: Salud!.
Anoche acomodaba los libros, un ojo en Magritte, el otro en la cortina fea que da una cara uniforme a la intemperie. Tú eras pura intemperie, yo era el pudor imperceptible que sostenía tu plenitud; gustoso era el segundo o tercer nombre que nadie sabe, la cicatriz que disimula la habilidad y ciertos escotes. A lo mejor, a fuerza de no ocupar un volúmen, me olvidaste. A lo mejor sólo tenías hambre de dunas o maremotos. No puedo culparte: sin obsesiones, yo también soy una voracidad perfumada y cortés. Incluso, interesante.
Un cuervo planea sobre unos tendederos a dos o tres cuadras, atraído por esa baba vertical que son las prendas íntimas, sus pudores percudidos y su carita de inevitable crónica. Soy incapaz de conservar detalles; por eso no recuerdo el olor del aire que te sucedió, ni la consistencia de los cientos de cabelleras que toqué después de la tuya. No sé cómo vivir pensando en pensar cómo vivir, así que vivo pensándote, mientras se le ocurre algo mejor al topo que gobierna los asuntos importantes de mi vida; imbécil como él solito.
Este malva del cielo, ahora mismo, se siente como la tentativa de un paso, el vértigo instantáneo que acompaña al movimiento. Siento la nausea de ser este intersticio que separa a pensarte de pensarte, tierra de nadie, virilidad de momia.
Me das asco, así tan entera en las fotografías, tan metida en las cosas de tu cuerpo, tan dueña de tus estrías y tus capullos pezones. Un desperdicio descomunal de pena, porque perteneces a otra especie, sin rayita ni esferita en la taxonomía de lo posible.

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